En medio del murmullo general por los nuevos precios de la carne, el aceite y los lácteos, un jugador silencioso ha escalado su valor de forma brutal en las góndolas de Mendoza. Mientras la atención se centra en los sospechosos de siempre, el verdadero golpe al bolsillo de julio se oculta en un pasillo que muchos recorren sin prestar atención, afectando directamente a la canasta básica familiar de una manera que pocos han calculado.
El último relevamiento de precios, más allá de los porcentajes oficiales, revela una verdad incómoda: no son los productos frescos los que lideran la escalada este mes. Se trata de un producto procesado, de consumo masivo y considerado «económico», cuya materia prima está dolarizada y ha sufrido el impacto de las nuevas regulaciones de importación de manera desproporcionada. Hablamos de las pastas secas y sus derivados. Un paquete de fideos que en mayo costaba X pesos, hoy roza los Y, marcando un aumento cercano al 40% que se disimula por su bajo precio unitario, pero que en el volumen mensual representa un gasto inesperado y significativo para cualquier familia.
El Efecto Psicológico del «Gasto Hormiga»
Los economistas lo denominan «inflación sigilosa». A diferencia del shock que produce ver el precio del kilo de asado, el incremento en productos de bajo costo inicial no genera una alarma inmediata. El consumidor nota que el ticket final es más alto, pero le cuesta identificar al culpable exacto. Esta estrategia, consciente o no por parte de los fabricantes, se basa en la percepción: un aumento de $100 en un producto de $300 duele menos psicológicamente que un aumento de $1000 en un producto de $5000, aunque el impacto porcentual del primero sea mucho mayor.
Este mes, ese protagonista silencioso son las pastas. Las cadenas de supermercados, al negociar los nuevos listados, se han encontrado con costos de reposición que no pudieron absorber. La justificación de los productores se ancla en el trigo importado y los costos logísticos, pero el resultado final es el mismo: el plato de fideos, ese refugio económico histórico de los argentinos, hoy es un lujo disfrazado de necesidad.
Cómo Detectar y Combatir la Inflación Sigilosa
Para el consumidor mendocino, la clave está en volver a una práctica olvidada: la comparación por kilo o por unidad. No basta con mirar el precio final del paquete. Es fundamental analizar el costo por gramo y compararlo con el de semanas anteriores o entre distintas marcas, incluyendo las propias del supermercado, que a menudo logran mantener precios más competitivos.
La recomendación de las asociaciones de consumidores es clara: antes de llenar el chango con las mismas marcas de siempre, dedique diez minutos a leer etiquetas y hacer cálculos rápidos. Ese producto que siempre fue barato puede haberse convertido en el nuevo villano de su presupuesto. La verdadera batalla contra la inflación no se libra en las grandes cifras macroeconómicas que anuncian los noticieros, sino en las pequeñas decisiones que tomamos, góndola por góndola, en el supermercado de nuestro barrio. Y este mes, el enemigo viste de paquete de fideos.




