El paso de Santiago Maratea del mundo de las colectas solidarias al diseño de indumentaria de alta gama ha tenido un debut accidentado que sacude las redes sociales. Lo que prometía ser una línea exclusiva de trajes de baño «facheros» se ha transformado en un dolor de cabeza logístico y reputacional. La duda sobre la Calidad de las mallas de Santi Maratea se ha instalado con fuerza luego de que el propio creador admitiera, con su habitual crudeza, que el volumen de ventas fue drásticamente inferior a lo proyectado y que el servicio de postventa ha fallado en casi un tercio de las operaciones.
La noticia estalló cuando Maratea reveló en sus historias de Instagram que, de una producción pensada para el consumo masivo, solo 25 personas compraron los trajes de baño valuados en $90.000 cada uno. El hallazgo sorprendente para sus seguidores no fue solo el bajo número de ventas, sino la confesión de que a 8 de esos 25 clientes nunca les llegó el producto. «Ya hice dos devoluciones de plata porque no pude entregar el pedido», reconoció el influencer, evidenciando una contradicción entre el precio de «lujo» y una logística que parece artesanal.
En cuanto a la Calidad de las mallas de Santi Maratea, el debate en X (antes Twitter) es intenso. Quienes pudieron acceder al producto destacan que los cortes y las molderías son superiores a los de marcas industriales, algo que el propio Santiago defendió al asegurar que creó la marca para «uso personal» porque no encontraba nada que le quedara bien. Sin embargo, el valor de $90.000 ha sido el principal muro de contención: para el público, una prenda de ese costo debe garantizar una experiencia de compra impecable, algo que la falta de stock y los errores en el correo han empañado definitivamente.
Es relevante destacar que Maratea ha intentado surfear esta crisis con su estilo transparente, riéndose de su propio «fracaso televisivo» y ahora del revuelo generado por su marca. No obstante, para los especialistas en marketing, vender lujo requiere una estructura que Santiago parece haber subestimado. Las mallas, diseñadas bajo el concepto de ser «mil veces más facheras» que el resto, han quedado atrapadas en un limbo entre la exclusividad y la improvisación.
Desde Box Diario, observamos que este traspié pone a prueba la fidelidad de su comunidad. Ya no se trata de juntar millones para una causa noble, sino de convencer al consumidor de que su diseño vale lo que cuesta. Mientras las devoluciones de dinero continúan, el futuro de la marca pende de un hilo: o Maratea profesionaliza la distribución o sus trajes de baño quedarán como una anécdota costosa en el historial de un influencer que, esta vez, no pudo lograr el objetivo.


