Este comportamiento defensivo tan característico de los camélidos andinos tiene una razón biológica y social muy profunda que pocos conocen. No es solo saliva, la sustancia que la llama lanza revela un código de comunicación.
La llama, ese icónico animal de los Andes que forma parte del paisaje mendocino, es famosa por una característica: su tendencia a escupir. La verdad de la ciencia sobre por qué lo hace es mucho más compleja de lo que se cree, y el misterio de lo que realmente lanza genera sorpresa entre los amantes de la fauna.
La llama escupe principalmente por dos razones: la defensa territorial y la jerarquía social. No es un ataque indiscriminado. Lo hace cuando se siente amenazada por un depredador o, más comúnmente, cuando otro macho intenta desafiar su posición dominante en el rebaño. La sorpresa es que la llama no lanza solo saliva, sino una mezcla de saliva y contenido estomacal semidigerido, que tiene un olor fuerte y desagradable.
La verdad de la ciencia es que este contenido estomacal es un arma biológica de doble filo. La acidez y el olor intenso son más efectivos que un simple golpe. El misterio que oculta la llama escupe es que el volumen y la potencia del escupitajo revelan el nivel de enojo del animal, siendo un código de comunicación. Un escupitajo leve es una advertencia; un chorro grueso y verde es una declaración de guerra.
Este comportamiento es clave para el equilibrio social dentro del rebaño de llamas, un fenómeno que puede observarse en la Cordillera de Mendoza. La llama escupe para mantener la paz y el orden. La sorpresa radica en que este acto, visto como gracioso, es un mecanismo de supervivencia.


