Medio siglo después del fin de la dictadura, el presidente español utilizó la efeméride para un llamado urgente a la unidad y la defensa de la libertad. Analizamos por qué el recuerdo de la dictadura del Dictador Franco es más relevante hoy que nunca para el futuro de Europa.
El 20 de noviembre marcó el quincuagésimo aniversario de la muerte de Francisco Franco, el hombre que rigió España con mano de hierro durante casi cuatro décadas. La efeméride no pasó inadvertida, convirtiéndose en un momento de profunda reflexión y, para muchos, de nostalgia por una época de supuesta estabilidad, aunque marcada por la represión. El presidente Pedro Sánchez, consciente de la creciente polarización política, aprovechó la fecha para emitir un contundente llamado a «defender la democracia» ante los nuevos desafíos populistas que amenazan la cohesión social en Europa.
La figura del Dictador Franco sigue siendo un punto de fricción en la sociedad española. Mientras que la izquierda enfatiza la memoria histórica y las fosas comunes, parte de la derecha y los sectores más conservadores recuerdan un periodo de desarrollo económico y orden. Es precisamente esta división, exacerbada por el auge de movimientos que coquetean con el autoritarismo, lo que da a la conmemoración una relevancia contemporánea. La «lección silenciada» de la que habla Sánchez no es otra que la advertencia de que la libertad no es un bien garantizado, sino una conquista que debe ser custodiada.
Los jóvenes, que no vivieron la dictadura, estudian hoy un capítulo que sus padres prefirieron omitir. El legado del Dictador Franco, aunque superado institucionalmente por la Transición, todavía genera debate sobre el modelo de Estado. Expertos en historia contemporánea argumentan que el auge de los nacionalismos y la desinformación en la era digital son las nuevas formas que adoptan las viejas amenazas a la libertad. El ejercicio de la nostalgia selectiva por el pasado es, según Sánchez, el gran peligro que enfrenta la sociedad. El recuerdo del franquismo sirve como espejo para entender los riesgos de la intolerancia y el pensamiento único. La clave de la democracia, medio siglo después, sigue siendo la capacidad de debatir sin caer en la violencia verbal o ideológica.


