Economistas del PJ y otros sectores revelaron las maniobras contables que maquillan los números oficiales del gobierno. Conoce qué partidas se dejaron de pagar para forzar el balance positivo y el costo social de esta estrategia.
El gobierno de Javier Milei ha celebrado con entusiasmo el logro del superávit fiscal y financiero, presentándolo como la prueba irrefutable del éxito de su plan de shock económico. Sin embargo, la celebración ha sido empañada por un coro de economistas opositores y analistas críticos que denuncian que gran parte de ese superávit es «ficticio» o, en el mejor de los casos, insostenible. Lo que esconde la ingeniería contable de la dupla Milei-Caputo es una postergación masiva de pagos que tiene un costo social tangible.
El concepto de superávit ficticio se refiere a un balance positivo logrado no por un aumento real y sostenible de los ingresos o una reducción inteligente del gasto, sino por una acumulación de deudas impagas o una drástica licuación de obligaciones en términos reales. La indignación social se centra en tres partidas clave que fueron retenidas o recortadas de manera brutal para forzar el resultado:
- Transferencias a Provincias: Uno de los recortes más importantes fue la virtual paralización de las transferencias discrecionales a las provincias. La falta de pago de fondos para obras públicas o convenios específicos generó un ahorro instantáneo en las cuentas nacionales, pero trasladó la crisis a los gobiernos provinciales, obligándolos a suspender obras y servicios.
- Obra Pública y Subsidios: La famosa «motosierra» se aplicó sin miramientos a la Obra Pública, dejando miles de proyectos a medio terminar y generando despidos masivos en la construcción. Además, el no aumento o la actualización lenta de subsidios de energía y transporte, licuados por la inflación, generó un superávit aparente a costa de un aumento directo en el costo de vida del ciudadano.
- Pagos a Proveedores y Obligaciones Vencidas: Expertos señalan la existencia de un stock significativo de deudas con proveedores del Estado y organismos internacionales que fueron directamente pateadas hacia adelante. Al no contabilizarse esos pagos en el período fiscal, el resultado trimestral parece limpio, pero la deuda sigue latente.
El economista Matías Kulfas, exministro de Producción, calificó la estrategia como «maquillaje de balance». «El superávit es real en términos nominales, pero es insostenible y de muy baja calidad. No se puede sostener un superávit dejando de pagarle a las provincias y cortando la obra pública, que es inversión y generación de empleo. La verdad es que el ajuste recayó sobre la inversión y sobre la gente,» sostuvo.
La promesa de sanear la economía no puede ignorar el costo de esta ingeniería contable. El superávit es una cifra que satisface a los mercados internacionales, pero que oculta la paralización de la economía real y la profunda recesión que sufre el país.


