El paisaje nocturno de la calle Rivadavia, en pleno corazón de la Ciudad de Mendoza, esconde una contradicción dolorosa bajo las luces de la Plaza Independencia. Allí, donde la Ciudad late entre turistas y salidas recreativas, Antonio Alberto Tula (85) y su esposa Juana Cruz Rosales (80) se han convertido en una presencia constante que interpela a cada transeúnte. No están paseando; están trabajando. La tendencia de los abuelos cuidacoches ha dejado de ser una estadística lejana para encarnarse en esta pareja que, de lunes a sábado, cuida vehículos para poder costear lo que el Estado les niega: el derecho a una vejez digna.
La historia de Antonio y Juana es el reflejo de una crisis que golpea con especial crueldad a los adultos mayores en este 2026. Ambos perciben el haber mínimo, una cifra que en el papel parece un derecho adquirido tras años de aportes, pero que en la farmacia se deshace en cuestión de minutos. “Soy jubilado, cobro la mínima y esto me ayuda para comprar los remedios”, explica Antonio con una serenidad que estremece. Su relato revela un hallazgo sorprendente: la mayor parte de sus ingresos mensuales se destina íntegramente a medicamentos, ya que tratamientos vitales para la presión no cuentan con una cobertura total, ni siquiera con los descuentos de la obra social.
El fenómeno de los abuelos cuidacoches en Mendoza expone la vulnerabilidad de quienes se ven empujados a la informalidad en la octava década de su existencia. Antonio realiza esta tarea desde hace años, enfrentando el clima y la inseguridad de la calle para no interrumpir su tratamiento médico. Para Juana, acompañarlo no es solo un acto de lealtad, sino una necesidad de supervivencia compartida. El espacio que ocupan frente a la plaza más importante de la provincia se ha transformado en su oficina de emergencia, un lugar donde la caridad de los conductores completa lo que la jubilación mínima deja vacante.
La situación es crítica: incluso con los descuentos vigentes, el costo de mantener la salud básica supera la capacidad de pago de un jubilado promedio. Mientras los abuelos cuidacoches se multiplican en las esquinas céntricas, el sistema parece mirar hacia otro lado. Antonio y Juana no piden limosna; ofrecen un servicio informal a cambio de monedas que se transformarán en comprimidos y jarabes. Es una lucha diaria contra un reloj biológico y económico que no perdona, donde cada vehículo estacionado representa la posibilidad de asegurar la dosis del día siguiente.
Desde Box Diario, visibilizamos esta situación como un llamado urgente a la reflexión social y política. La permanencia de Antonio y Juana en calle Rivadavia es el síntoma de un contrato social roto. Mientras nuestros adultos mayores deban custodiar autos para poder respirar sin dolor, la sociedad mendocina tendrá una herida abierta en su centro geográfico. Su presencia allí es un recordatorio de que, para muchos mendocinos, la jubilación no es el fin del trabajo, sino el comienzo de una nueva y más dura forma de subsistencia.


