A menos de un año del recambio, la Unidad Cívica Radical de Mendoza se desgarra en una lucha de poder con tres facciones. Esta tensión temprana podría paralizar las reformas clave que la provincia necesita para el 2026.
La aparente unidad del oficialismo mendocino es una cáscara que comienza a romperse. Detrás de las sonrisas en los actos oficiales, la Unión Cívica Radical de Mendoza atraviesa una feroz «triple interna» que ya genera preocupación en Casa de Gobierno y amenaza con paralizar la agenda legislativa clave para 2026. Esta lucha de poder no es ideológica, sino puramente territorial y sucesoria.
La primera facción sigue siendo la del exgobernador Alfredo Cornejo, que busca consolidar a sus alfiles en puestos estratégicos. El segundo polo de poder está liderado por el actual gobernador, quien intenta imponer una «renovación controlada» buscando despegarse de la sombra de su antecesor. La tercera facción, la más disruptiva y que rompe la gobernabilidad, es la de Omar De Marchi, quien, aunque formalmente fuera del partido, mantiene fuertes lazos y operadores dentro de la Legislatura. Este sector se alinea con la agenda federal de Milei, complicando el diálogo interno del radicalismo.
El peligro real de esta «triple interna» radica en la Legislatura. La falta de consenso está demorando la aprobación de leyes cruciales, como la reestructuración de entes autárquicos y un nuevo régimen de promoción industrial. Los legisladores, ante la incertidumbre de a qué sector responder, optan por la cautela, frenando el ritmo del trabajo. Si el oficialismo no logra resolver estas tensiones antes de fin de año, Mendoza podría pagar un costo político y económico altísimo, con una provincia paralizada y sin capacidad de reacción ante los desafíos federales. La gobernabilidad está en riesgo, no por la oposición, sino por su propio fuego interno.


