Mendoza, conocida por su vino, está a punto de experimentar una transformación que podría reescribir su historia económica. El Cobre se ha disparado a nivel mundial, impulsado por la transición energética y la demanda de vehículos eléctricos, y la provincia se sienta sobre uno de los mayores yacimientos sin explotar de Argentina. Este «tesoro» mineral ha despertado una ambición sin límites en la Casa de Gobierno.
El plan del Gobernador Cornejo y su equipo es audaz: no solo permitir la explotación del cobre (cumpliendo con la Ley 7722), sino capitalizar las regalías para crear un «Fondo de Desarrollo Estratégico» que apuntale otras industrias como la inteligencia artificial y el software. Los estudios económicos más optimistas señalan que la producción a gran escala podría inyectar un flujo de divisas capaz de duplicar el Producto Bruto Interno (PBI) de la provincia en la próxima década.
La palabra clave es «desarrollo». La Minería de cobre, si se gestiona con transparencia y respeto ambiental (la gran preocupación mendocina), ofrece la oportunidad de financiar la infraestructura que el vino ya no puede costear solo. Este flujo de riqueza no solo implica miles de empleos directos, sino también una modernización de la provincia. Esta ambición de cambiar la historia es el motor de las decisiones políticas recientes, y el mendocino observa con cautela y esperanza el brillo de este metal.


