La vida privada de los líderes políticos siempre ha sido un terreno fértil para la especulación, especialmente cuando se trata de figuras tan herméticas como las del Palacio de Miraflores. Para muchos ciudadanos y analistas internacionales, surge la duda recurrente sobre cuántas esposas tuvo Maduro, una pregunta que no solo busca un número, sino entender quiénes han sido los pilares emocionales y políticos del hombre que sucedió a Hugo Chávez.
A diferencia de otros mandatarios cuya vida amorosa es un desfile de titulares, la trayectoria sentimental de Nicolás Maduro es notablemente breve en términos de cantidad, pero inmensamente profunda en términos de influencia. Oficialmente, se le conocen dos uniones fundamentales que marcaron su vida antes y después de su llegada a la cúpula del poder en Venezuela.
El primer capítulo: Adriana Guerra Angulo
Mucho antes de las cámaras y las bandas presidenciales, Nicolás Maduro compartió su vida con Adriana Guerra Angulo. Esta relación pertenece a una etapa de anonimato, cuando Maduro comenzaba su militancia y su trabajo en el sector del transporte público. Fruto de este matrimonio nació su único hijo biológico, Nicolás Maduro Guerra, conocido popularmente como «Nicolasito».
Aunque esta unión terminó en divorcio en la década de los 90, Adriana Guerra ha mantenido un perfil extremadamente bajo, alejada del ruido mediático que rodea a su exmarido. Sin embargo, este primer vínculo es clave para entender la formación familiar del mandatario y el origen de su heredero político más directo, quien hoy ocupa cargos de relevancia en la Asamblea Nacional venezolana.
Cilia Flores: La «Primera Combatiente»
La respuesta definitiva a cuantas esposas tuvo Maduro se completa con la figura omnipresente de Cilia Flores. Su relación no comenzó en un salón de baile, sino en los pasillos de la lucha judicial. Flores fue la abogada que lideró la defensa de Hugo Chávez tras el intento de golpe de Estado de 1992, y fue en ese entorno de fervor revolucionario donde consolidó su vínculo con Maduro.
Durante años vivieron en una relación estable de pareja de hecho, pero no fue hasta julio de 2013, poco después de que Maduro asumiera la presidencia, cuando decidieron formalizar su unión mediante un matrimonio civil. Esta boda, celebrada por el entonces alcalde Jorge Rodríguez, fue presentada como un acto de «fortalecimiento de la familia venezolana».
Cilia Flores no es una esposa decorativa. Expresidenta de la Asamblea Nacional y exprocuradora general, es considerada por muchos como el verdadero «poder detrás del trono». Maduro la llama cariñosamente la «Primera Combatiente», un término que busca alejarse del concepto tradicional de Primera Dama y subrayar su rol activo en la toma de decisiones estratégicas del país.
El peso del círculo íntimo
Al analizar la vida del mandatario, queda claro que su estructura de poder es estrictamente familiar. Entre su hijo «Nicolasito» y los hijos de Cilia Flores de su matrimonio anterior (Walter, Erik y Yosser), se ha tejido una red de lealtad absoluta que protege la figura presidencial.
En conclusión, aunque el registro civil solo muestra dos grandes etapas, la influencia de estas mujeres ha sido determinante. Mientras Adriana Guerra representa el pasado y la paternidad, Cilia Flores representa el presente, la supervivencia política y la mano firme que guía el destino de Miraflores junto a Maduro.


